Adiós al cerebro secreto de SEGA

David Rosen, cofundador de SEGA y una de las mentes más influyentes en la historia del videojuego falleció, y el mundo gamer siente ese silencio que queda cuando se apaga una máquina arcade. Hablar de Rosen es hablar del origen de una industria que hoy mueve millones, pero que empezó con luces de neón, fichas metálicas y el sonido inconfundible de los 8 y 16 bits retumbando en locales llenos de risas, retos y rivalidades amistosas.

Rosen fue una figura clave para que SEGA pasara de ser una empresa más a convertirse en sinónimo de arcades, y más tarde, en un nombre legendario de consolas. Sin su visión, el panorama de los salones recreativos habría sido menos ruidoso, menos brillante y, sin exagerar, mucho menos divertido. Fue uno de esos estrategas silenciosos que no siempre aparecían frente a la cámara, pero que cambiaron las reglas del juego desde el backstage.

David Rosen

Su influencia se siente en cada máquina arcade que nos pidió “insert coin”, en cada partida donde juramos que ahora sí íbamos a llegar más lejos, y en cada duelo amistoso que terminó en carcajadas, pique sano o la promesa de la revancha. Los arcades no solo fueron máquinas; fueron puntos de encuentro, patios de juego tech, una escuela de reflejos, paciencia y también de derrotas con estilo.

Rosen ayudó a encender esa chispa global. Apostó por los videojuegos cuando muchos los veían como una moda pasajera y, con ello, abrió la puerta a toda una cultura: las retas, los campeonatos improvisados, la comunidad alrededor de una cabina, y la sensación de que el mundo cabía en una pantalla con un joystick.

Hoy la industria despide a un pionero, pero su partida no se siente como un game over, sino como ese momento en que el contador de créditos sigue parpadeando y sabemos que la historia continúa gracias a su legado. Cada vez que escuchas la música de un arcade, cada vez que recuerdas el olor a palomitas y piso pegajoso del local de tu infancia, algo de David Rosen sigue vivo ahí.

Gracias por las fichas, por las horas, por el high score imposible y por demostrar que jugar también podía ser un proyecto de vida. La máquina se apaga, la leyenda se queda encendida.

Descanse en Paz.

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